Uno de cada tres porteños vive en una casa alquilada

En los últimos 10 años creció 34% la gente que paga un alquiler por su vivienda. La falta de créditos y la pérdida del poder adquisitivo del sueldo hicieron que el “techo propio” esté cada vez más lejos.



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En los últimos 10 años creció 34% la gente que paga un alquiler por su vivienda. La falta de créditos y la pérdida del poder adquisitivo del sueldo hicieron que el “techo propio” esté cada vez más lejos.




De manera persistente, una parte cada vez mayor de los porteños se está resignando al fin de un sueño: el de la casa propia. A cambio de ese plan, que permite proyectar la vida de un individuo o una familia a largo plazo, se instaló otro horizonte bien distinto, marcado por la inmediatez de un número par: dos años, los que dura habitualmente un contrato de alquiler.

Es la realidad de la Generación “i”, con i de inquilinos. De pensar en ser propietarios, pasaron a algo más modesto: una renovación de contrato lo más benigna posible.

El número de inquilinos sobre el total de hogares de la ciudad de Buenos Aires no para de crecer. Según las estadísticas oficiales porteñas, el 32,1% de los hogares de la Ciudad están ocupados bajo el modo alquiler. El porcentaje de inquilinos sobre el total de hogares viene creciendo en forma sistemática. En 2003 eran el 23,9%. De modo que en la década ganada del kirchnerismo, el número de inquilinos creció un 34%.

La de formar parte de la “Generación i” no es, claro, una decisión voluntaria. No en la mayoría de los casos. La coyuntura económica de los últimos años fijó los límites. Precios de los inmuebles que no pararon de subir desde 2003 hasta 2012; salarios que no acompañaron esa burbuja; inflación; desaparición del crédito hipotecario y nulos incentivos al ahorro –porque las tasas de plazo fijo hace años son menores a la de la suba de precios-, definieron el perfil de la “Generación i”. Es el emergente de un fenómeno donde las decisiones de política económica de cada momento orientaron el dinero hacia el consumo y en contra del ahorro.

El crecimiento de este universo es parejo tanto en viviendas más o menos formales (con títulos de propiedad en orden) como en las villas de emergencia, donde el negocio del alquiler también crece en forma sostenida.

Si se toma en cuenta que en la ciudad hay 1.082.000 hogares, se concluye que hay 346.000 contratos de alquiler. Y el número no para de crecer año tras año.

Lo paradójico es que todo se dio en medio de un boom de la construcción, que encerró varias particularidades. Fue un boom sin crédito hipotecario y sin endeudamiento por parte de los constructores. Buena parte de las nuevas viviendas se construyeron a fuerza de ahorros de la pequeña parte de la sociedad que tenía excedentes y que no le interesó ni el plazo fijo ni el dólar. Al menos mientras el dólar se mantuvo quieto o se accedía al billete en libertad.

El cepo cambiario, de octubre de 2011, frenó todo. Se desplomó tanto la venta de viviendas como la construcción.

Así podría decirse que la “Generación i”, en una simplificación tal vez grosera, consumió de todo pero vivió al día. No acumuló capital, no al menos en forma de ladrillos.

Esto vale para una parte de la población que, por su nivel educativo y posiciones laborales, podría haber accedido tranquilamente a un crédito hipotecario en los años 90. Jóvenes profesionales impedidos de convertirse en propietarios por las suyas, es decir, sin heredar un departamento de parte de alguna relación familiar.

¿Qué hizo la “Generación i” en estos años? Equipó el departamento que alquilaba: uno o dos televisores de última generación, aire acondicionado frío/calor, tablets, tal vez un auto cero kilómetro y viajes al exterior. Todo para sacarse de encima los pesos que si no los gastaba perdían valor. También pagó el alquiler, las expensas y, claro, el monotributo. Todo, motorizado por la generosidad de los planes en cuotas y sin intereses.

Como se dijo, el proceso del boom de la construcción se frenó a fines de 2011 por culpa del cepo cambiario. Esto trajo algo a favor de la Generación i. ¿Qué pasó? Muchas viviendas se volcaron al mercado de la renta y eso de algún modo les puso freno a las subas de los contratos de alquiler, que se ajustaron a una tasa inferior a la de la inflación real. El año pasado, por ejemplo, el costo de los alquileres trepó 25%, al menos 5 puntos por debajo de la inflación real.

La presión sobre los precios de los alquileres podría reaparecer, tal vez, cuando se termine de colocar la oferta de viviendas recién terminadas y se agote, por el freno a la construcción, el ingreso de nuevos inmuebles al mercado. Como la demanda crece, es posible que los precios se ajusten a esa realidad.

Tiempo atrás, el economista Eduardo Levy Yeyati resumió de manera muy clara a qué nos enfrentamos. Dijo que “el potencial propietario que no califica para la hipoteca, alquila y se endeuda con el banco para comprarse el auto. Todo esto para beneficio de unos pocos proveedores (los mismos beneficiarios, casualmente, de la maquila fueguina o demás regímenes especiales de protección) y en detrimento de la distribución de la riqueza”. Lo de la distribución de la riqueza se explica porque el inquilino (a falta de ladrillos) invierte en bienes que se deprecian rápidamente.

El mundo de Twitter, y las infinitas posibilidades que dan 140 caracteres bien usados, también dio cuenta del problema de los inquilinos. La filósofa y docente Silvina Giaganti (@sgigantic) lo expresó así en un tuit que ya es un clásico: “Argentina, un país donde las zapatillas se compran en cuotas y las casas al contado” . Pocas palabras para definir con mucha justeza a la “Generación i”.

Fuente: Clarín

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