El recreacionismo medieval suma adeptos con espadas y armaduras

Visten ropas de vikingos y cruzados, extremando el realismo en la reconstrucción de las costumbres y, sobre todo, de los combates. Reunidos en cuatro clubes, practican el Bohurt, un rudo deporte que remeda los torneos medievales.



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Visten ropas de vikingos y cruzados, extremando el realismo en la reconstrucción de las costumbres y, sobre todo, de los combates. Reunidos en cuatro clubes, practican el Bohurt, un rudo deporte que remeda los torneos medievales.




“¿Qué querés: espada o hacha?” “¡Hacha!” “A mí me gusta el casco y el escudo.” “Y a mí me gusta todo.” Los chicos miran maravillados al grandote del yelmo y la cota de malla, que entrega el hacha para que se saquen una foto. Otro caballero, protegido por su armadura, lo enfrenta, chocan sus espadas, y el barrio de Barracas se transporta hasta el Medioevo.

Dos veces al año, el recreacionismo histórico se adueña de la ciudad y el Espacio Cultural del Sur, en Caseros al 1700, le abre las puertas a la Edad Media y a todos los admiradores y curiosos de esa época remota. Hasta allí llegan los vikingos con sus cuernos llenos de bebida y sus tupidas barbas, y todo tipo de personajes artúricos, hombres y mujeres, y hacen fila para degustar un sándwich de cerdo ahumado a la escandinava, o juntan fuerzas para justas y torneos bien realistas, y para la batalla final de cada encuentro, entre cruzados y templarios.

Ese es el principal atractivo de las ferias medievales (se hacen en abril y octubre, pero los fans quieren una tercera fecha al año), que exhiben una meticulosa tarea de reconstrucción histórica –en los trajes, en las armas, hasta en el arcaico lenguaje de los participantes–, pero que acaban de plasmarse en el momento del combate. Alrededor de la liza, ese campo de batalla que recibía a los caballeros medievales para la pelea, todos aplauden, aunque los organizadores explican que en el siglo XII no eran palmas las que sonaban, sino el ruido producido por el choque entre escudos y armas.

El deporte se llama Bohurt, tal el vocablo germano con que se designan los antiguos torneos de la Edad Media. En la Argentina también se lo denomina “combate medieval full contact”. Es un deporte originario de Europa, donde el recreacionismo medieval forma parte del folklore. Se practica en Rusia, Ucrania, Inglaterra, Alemania, Francia y España, países que participan del torneo mundial Battle of the Nations, y en el que Argentina dijo presente dos veces, obteniendo muy buenos resultados, como el acceso a cuartos de final en junio de este año.

Con la capitanía de una mujer, Adriana “Andy” Di Francesco, del Centro de Entrenamiento y Combate Medieval (CECM), los cruzados argentinos fueron Ricardo Marcos Villani, Juan Manuel Chevasco Díaz, Iván Castromil Gonçalves, Walter Depetri y Sergio Scabone, que mostraron sus dotes en Trogir, Croacia, un pequeño pueblito medieval especialmente elegido para las justas.

El Bohurt consiste en el choque cuerpo a cuerpo entre dos combatientes con armas y escudos, y con el objetivo de derribar al oponente. Aunque no se puede pegar de cualquier manera. Si bien los golpes son reales, la fuerza es mucha y la protección, rigurosa, hay limitaciones. Las espadas, por ejemplo, deben ser de acero inoxidable, con un espesor de más de 1,6 milímetros. La idea es divertirse sin correr riesgos. Medievalismo, pero sin sangre.

Independencia

El recreacionismo en el país tiene muchos cultores, también entre quienes reconstruyen las batallas por la Independencia argentina. Se destacan las agrupaciones Corsarios del Plata, Blandengues de Barragán y el Tercio de Cántabros Montañeses.

Cuatro clubes y una selección

En la Argentina hay cuatro clubes principales donde se practica el Bohurt, todos en Capital y Gran Buenos Aires: el Centro de Entrenamiento y Combate Medieval (CECM), la Compagnia del Lobo Negro, La Última Guardia y el club de Esgrima Medieval Valherjes. Estos círculos surgieron hace unos dos años. Todo empezó en el medievalismo de ferias y luego comenzó a evolucionar hasta llegar a lo que es hoy, con una Federación Argentina de Combate Medieval, que es oficial.

Además, hay una selección nacional que compitió en dos Battles of the Nations, en Europa, y entre los cuatro clubes reúnen unos 30 competidores.

Un desembarco vikingo con naves de cartón

“Vamos a hacer un desembarco vikingo para chicos. Es una actividad en la que los chicos se visten de vikingos y navegan entre la gente, en un barco vikingo hecho de cartón, hasta llegar a un lugar en el que desembarcan y bajan a combatir contra los recreacionistas vikingos adultos, que se dejan abatir por los pequeños que los atacan con sus hachas de goma. Así representan un combate típico vikingo entre dos facciones.” Santiago Reuil tiene 36 años y coordina las oleadas de desembarco. Su fuerte es diseñar cosas con materiales reciclados para que los chicos jueguen y construyan. “Yo sufro de intereses múltiples”, dice a Tiempo Argentino. Por eso aterrizó en el mundo medieval. “Siempre me gustó la historia y cuando vi una feria medieval, hace un par de años, empecé a pensar qué podía hacer en relación a mi actividad con el cartón.” Además, le gusta investigar la historia, y su atuendo recrea a un buhonero, un vendedor llegado de otras latitudes para acercar sus productos y mercancías a las aldeas medievales.

Carne de cerdo ahumada

“Más vikingo que yo, no hay.” Hugo Kisil tiene 51 años y se autodefine como tradicionalista. Su cotidianeidad, dice, está al servicio de no dejar morir las costumbres y raíces de sus antepasados. En la feria ofrece productos ahumados y su fuerte es la sandwichería en carne de cerdo al estilo nórdico. “Allá hay un dicho: todo lo que vuela, camina o nada, nosotros lo ahumamos”, cuenta Hugo, que también vende productos envasados.

“El ahumado es una costumbre rastreada hasta hace 8000 años atrás. Por lo que se sabe, las tribus nórdicas eran nómades y tenían carpas altas con un agujero en la parte superior, para que saliera el humo del fuego que prendían adentro para soportar el frío.” Hugo explica que, sin querer, eso los ayudó a descubrir el método del ahumado: “Cuando salían de cacería o de pesca, necesitaban colgar esa carne para que no la agarrara ningún animal. Fue así como se dieron cuenta de que, colgada en contacto con el humo, la carne iba tomando un color y un sabor distinto, y que, además, se conservaba mucho más que la carne fresca.”

Hugo pertenece a un grupo recreacionista medieval que se llama el Clan del Oso. Su personaje representa a un comerciante adinerado, nómade, que ofrece sus productos en las ferias, como se hacía antiguamente. “En realidad, estamos representando el principio de lo que fue Europa, la época en la que se fueron formando los países y marcando las fronteras. No representamos a un país en especial.” Segunda generación en la Argentina, su padre era hijo de ucranianos y su madre, de checos. El apellido se remonta a muchísimos años atrás, “no sabemos cuántos”, dice, a la zona del Cáucaso. “Nuestra idea es mantener las tradiciones, las raíces, y recrear un producto que fue desapareciendo, como muchas otras cosas artesanales. Tener una idea del lugar de dónde venimos. Volver a mirar en el pasado para ver quiénes somos en el presente. La idea surgió como un entretenimiento, pero es increíble cómo se ha ido extendiendo”, resume Hugo, que lleva siete años en el mercado de los ahumados y dos participando de las ferias medievales.

Entre las huestes de Odín

Cada feria medieval reúne a varios grupos de recreación que se dedican a un período de tiempo y una zona geográfica específicos, y reproducen, del modo más fiel que pueden, a los pobladores de la época. En la vestimenta pero también en las armaduras que usan los caballeros en los combates, que alcanzan los 35 kilos de peso. En el Bohurt, lo principal pasa por la destreza física, pero hay una clave que atraviesa las lides y toda la feria, que está en lo cultural, con mucho estudio detrás. “En la recreación medieval tratamos de usar telas fieles, como el lino, que es muy difícil de conseguir”, dice Axel Pin, un joven de 25 años que representa a un sueco del siglo V, “muy acaudalado, quizás un comerciante importante ligado a la parte central de la comunidad escandinava, que eran los grandes heels, los líderes de los pequeños pueblos”, explica. Los objetos que porta lo evidencian: adornos en bronce, la cota de malla –una prenda de defensa muy exclusiva en aquella época–, su espada, su casco, su propio escudo.

Durante la semana, Axel es administrativo en una fábrica, pero en las ferias es el encargado de coordinar la demostración de combates. “Yo participo en uno de los grupos que organizan, que se llama Munin (como uno de los cuervos de Odín, según la mitología nórdica). Nosotros recreamos el período de Vendel y Valsgärde, que va del siglo V al IX. Valsgärde es una pequeña granja que se encontró en Suecia, donde se hallaron muchos cascos y armaduras en tumbas de grandes reyes”, narra Axel. Los cascos y las armas están reproducidos con las formas originales, igual que el calzado y las decoraciones en bronce.

Desde chico, Axel admira la cultura medieval. Quizás fueron los mitos griegos los responsables de su acercamiento a este mundo, para luego empezar a indagar en lo concerniente a la cultura nórdica, “que fue la que más me gustó por su riqueza en el ámbito de la religión”, aclara. Y cuenta un poco más de los combates que coordina: “Esta representación, trasladada a los XII a XVI, sería un combate entre personas de un gran poder adquisitivo, como los duques. Requería mucho dinero tener todo esto en aquella época. Por supuesto, hoy los costos se redujeron, se usa otro tipo de protecciones, y el combate directo se hizo más dinámico.”

Fuente: info news

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